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Comienza el día

Publicado el 22 enero, 2012 en Un día como otro cualquiera

Su cabello, oscuro y brillante como el petróleo, caía sobre su cara ocultando parte de su rostro. Sus brillantes ojos negros, ligeramente almendrados, me miraban fijamente sin apenas pestañear. Sus carnosos labios, permanecían entreabiertos en una sensual invitación a perderse en ellos.

- Pi – dijo ella en un derroche de sensualidad.
- ¿Pi? – le pregunté. ¿Qué me quería decir? ¿Acaso estaba tan oxidado que no entendía las señales del amor?
- Pi pi – Repitió ella con una sonrisa burlona, disfrutando al verme perdido en el juego que había iniciado.
- ¿Pi pi? ¿Quieres ir al baño? – Pregunté desconcertado. No me podía creer que aquel momento tan especial fuera a ser interrumpido de esa forma.

Ella se rió.

- Pi pi pi pi pi pi pi.

¡Mierda! Me he dormido.

Apagué el despertador de emergencia, aquel cuyo sonido presagia una mañana de acelerones y que cada noche pongo con la esperanza de no tener que escucharlo; y comenzaron las tareas automatizadas de cada mañana en su versión comprimida, al menos en lo que al tiempo se refiere: Café, ducha, dientes, ropa, cartera, llaves, móvil, abrigo. Tiempo record: apenas 20 minutos de la cama al descansillo.

A partir de ahí el bueno de Murphy comenzó a hacer realidad todas sus leyes.
El ascensor estaba ocupado por los niños del sexto, que como buenos hermanos, uno sujetaba la puerta mientras esperaba a los otros dos que se debían de haber perdido por el pasillo. Tras un par de minutos acordándome de “San Herodes” decidí bajar los cinco pisos saltando los escalones de dos en dos.

Del portal al metro hay cinco manzanas con sus respectivos semáforos, los cuales, maquiavélicamente confabulados, me recibían con el muñequito verde parpadeando, esperando a que pusiera mi pie en el asfalto para cambiar el color verde por el rojo.
Tras el último cruce me dirigí raudo y veloz, cual gacela atravesando la sabana, a la boca del metro, y comencé a descender hacia el agujero, justo en el preciso momento en el que una marea humana, con más prisa que educación, emprendía su huida hacia la luz en sentido contrario al mío dificultándome el paso. Tras una extenuante sesión de placajes y regateos conseguí llegar a los tornos y, como si de la enésima secuela de aquel intrépido arqueólogo del celuloide de apellido Jones se tratara, comenzó la búsqueda del metrobus perdido. Revisé todos los bolsillos varias veces, buceando entre las llaves, monedas, tickets y restos de tabaco, pero el dichoso metrobus no aparecía por ninguna parte. Con resignación, y animado por la gente que con la paciencia típica de la hora punta habían ido formado cola detrás mía, me dirigí a las taquillas y compré un nuevo billete. Fiché, crucé los tornos y cuando me disponía a guardar el metrobús, como el conejo que sale por arte de magia de una chistera, el antiguo billete salió de mi bolsillo. ¡Genial! Ya tengo dos, ya puedo comenzar una nueva colección.

Una nueva oleada de viajeros me dio la pista: el metro acababa de llegar. Corrí como alma que lleva el diablo hacia el andén y llegué con el tiempo justo; con el tiempo justo de ver como las puertas se cerraban en mis narices y un simpático de niño, de los de pecas, mochila y bocadillos de Nocilla, me dedicaba una sonrisa al más puro estilo jo-de-te.

Miré el reloj del andén. Quedaban 4 minutos. Ni que decir tiene que aquellos 4 minutos tuvieron más pinta de 5 que de otra cosa, pero finalmente llegó el metro. El contenedor de sonrisas hacía su entrada en la estación con un aforo limitado dado más de sí que el elástico de los calcetines de un colegial a final de curso. Armado de valor tomé carrerilla, y respirando tan hondo como puede inicié mi embestida acompañado en tal hazaña por más de 20 personas intentando hacerse hueco allí donde no lo había. Por unos instantes me sentí como William Wallace luchando contras los ingleses. “Disculpe”, “perdone”, “me permite”, “sí señora, yo le dejo salir, pero si no le importa mi brazo se queda conmigo”.

Me hice hueco de una forma magistral, para algo tenían que servir tantas horas de Tetris; y el vagón, tras varios intentos fallidos, consiguió al fin cerrar la cremallera y embutirse en una 36. Con una pose imposible traté de mantener el equilibrio, la postura y la compostura como puede, consciente de que caerme era imposible, pues no había espacio para ello, pero evitando tener que agarrarme al brazo del caballero que, con cara de pocos amigos, se encontraba concentrado en la lectura del mismo periódico que cosquilleaba mi nariz.

En cada estación se repetía la misma historia: “No señora, no me bajo en esta parada”. “Sí señora, un segundito que cuando pueda moverme le dejo pasar”. “Señora, al salir no se olvide usted el bolso, que se lo deja clavado en mis costillas”. Con cada curva la masa informe de viajeros se tambaleaba como un bol de gelatina, llegando en cierta ocasión a fundirse en un abrazo colectivo, bello gesto de comunión entre los viajeros, que más que exaltar los ánimos, animaron a exaltarse a más de uno, comenzando por el caballero del periódico al cual me hallaba tiernamente agarrado.
Por fin una voz enlatada anunció con desidia mi parada, y de la misma forma que entré, salí: A base de empujones, disculpas y valor, mucho valor.

Miré mi reloj. Treinta minutos tarde. De puntillas, como cuando entraba en casa de madrugada con los zapatos en la mano tras una noche demasiado interesante para habérsela perdido, llegué a mi sitio. Todo parecía estar en orden. Ningún post it en mi mesa. Ninguna mirada acusadora. La puerta de mi jefe cerrada.

Dejé el abrigo en la percha, encendí el ordenador, revolví unos folios encima de la mesa y me dirigí a la cocina a por algo para acompañar el café que todavía flotaba en mi estómago. Aquella mañana la máquina expendedora padecía de desnutrición. Ni palmeritas de chocolate, ni donuts, ni unas míseras galletitas de fibra. Lo único que quedaba, olvidado en una esquina, era un bizcochito seco, de esos de los que nadie conoce su nombre pero que él parece conocerte de toda la vida, pues en cuanto lo acercas al café se lo bebe de un trago sin ningún tipo de reparo. Pero en momentos de crisis no hay pastelito malo, así que con más resignación que hambre introduje las últimas monedas que me quedaban y que casualmente coincidían con el importe exacto. Fue entonces cuando me percaté, el solitario bizcochito debía ser pariente de aquel simpático niño, de los de pecas, mochila y bocadillos de Nocilla, porque me estaba sonriendo del mismo modo.

Sin bizcochito y sin monedas volví a mi sitio y me desplomé en la silla. Consulté el correo electrónico. Nada urgente, todo tranquilo, así que acordándome de todos aquellos minutos que, en estado virtualmente vegetativo, pasé abducido por la televisión durante el fin de semana, abrí un documento nuevo en el ordenador y comencé a escribir:

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1 respuesta a Comienza el día

  1. Vanessa a dicho en 6 enero, 2014

    WOO! SALUDOS ME GUSTO MUCHO… ME GUSTARIA QUE NOS LEYERAMOS MUTUAMENTO XOXO!

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